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Artículo: Cómo Educar Adolescentes Solidarios

Interesante artículo del siquiatra chileno Ricardo Capponi (escrito para el Centro Teológico Manuel Larraín).

Cómo educar adolescentes solidarios (Ricardo Capponi)

El camino para desarrollar la solidaridad, como un valor moral, se inicia desde la niñez, cuando se comienza a distinguir el bien del mal. Pero es durante la adolescencia que el joven reconoce una regla esencial: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Aquí, el destacado sicoanalista Ricardo Capponi aborda cómo los jóvenes pueden convertirse en personas solidarias, tema que expondrá este jueves en el congreso “Educación y Solidaridad”, organizado por el Hogar de Cristo y la Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado.

Para el ser humano, gregario en su esencia, la solidaridad es fundamental. En relación al grupo, se es solidario más que generoso, bueno o altruista. Por lo mismo, hay que hacer un esfuerzo por quitarle a este término el carácter “político” que arrastra desde los años sesenta, evitando a su vez que quede reducido a una caridad parcial, sin incorporación de los compromisos cívicos y la preocupación activa por la comunidad.

La infancia

La capacidad de ser solidario es el final de un proceso de formación moral que comenzó en la niñez, con el aprendizaje de lo que es bueno y lo que es malo. Al empatizar con las personas más desvalidas comienza a surgir, tanto en el niño como en el adolescente, la compasión que mueve a ayudar al prójimo. Un proceso que culmina cuando la persona integra a su actuar la preocupación solidaria por los derechos humanos de todos quienes forman parte de la sociedad.

Los conceptos de bien y mal se construyen a partir de la relación con los padres. El niño internaliza límites y prohibiciones gracias a la fuerza emotiva que ellos encarnan, pues no sólo enseñan afectuosamente, sino que también son fuente de temores y dolores (castigos) que “rayan la cancha”, respecto del bien deseado y el mal rechazado. Mirado desde esta perspectiva, causan un grave daño los padres consentidores que no asumen su papel formador.

10 a 13 años

A partir de la pubertad, la legalidad y las normas que establece la sociedad por medio de sus instituciones, van a ser incorporadas por la mente del púber, pasando a formar parte de su bagaje moral. A esta misma edad, sus pares van a influir significativamente en la interpretación de dichas normas. Las relaciones personales e íntimas, las relaciones con el grupo y la “patota”, así como con sus líderes y personajes idealizados, van a inculcarle parte de los valores positivos y negativos que ejercerá en la adultez.

El púber, a diferencia del niño, ya incorpora el sentido de reciprocidad: la “ley del Talión” para lo malo, el “mano a mano” para lo bueno. Pero no nos confundamos: en esta etapa de la vida, la justicia, la reciprocidad y la solidaridad sólo existen en contextos pragmáticos y utilitarios. Su orientación es aún hedonista: lo moralmente correcto tiene que ver con las propias conveniencias, y el cumplimiento de las normas tiene como motor el temor. Aún no está presente la sana culpa que hace tomar conciencia de los daños infligidos y lleva a la reparación.

14 a 17 años

Durante gran parte de la adolescencia, se va aprendiendo a reconocer los derechos de los demás. La regla principal es “no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. Esta conducta se va orientando desde un cumplimiento motivado por lo egocéntrico, para llegar a uno regido por lo socio–céntrico. El adolescente recorre un camino a lo largo del cual aprende a reconocer sus necesidades personales y a diferenciarlas de aquello que es moralmente correcto, integrando a dicha moral lo que es socialmente aprobado. En este período se va desplazando desde una moral dictada exclusivamente por los padres y profesores, a ideales y valores propuestos por sus pares y sus líderes. Todavía la búsqueda de aprobación es una de sus principales motivaciones; pero si bien se está alejando de la moral egocéntrica basada en su propia conveniencia, aún está lejos de constituir la moral convencional de carácter social, que se consolida a partir de los 18 años y que será el fundamento de la aspirada moral autónoma de la adultez.

Hay condicionantes cognitivos y emocionales propios de la inmadurez de esa edad, los cuales tienden a perturbar el proceso de crecimiento moral y deben ser elaborados con los padres y las instituciones de la comunidad.

Desde el punto de vista cognitivo, el muchacho, hombre y mujer, está dejando atrás su forma de pensamiento concreto y está empezando a ejercitar y consolidar el pensamiento formal. La moral convencional requiere de un pensamiento formal desarrollado. Es que el pensamiento formal abstracto es el que permite entender ciertas variables que constituyen la madurez moral: poder imaginar al otro, con sus propios pensamientos y deseos; comprender la necesidad de límites e interdicciones para el funcionamiento grupal y social como base para una buena convivencia entre los seres humanos, y el principio de que “la ley pareja no es dura”.

Desde el punto de vista emocional, el adolescente, con la ayuda de los padres y la comunidad, lucha contra su egocentrismo, que se caracteriza por: sentirse el centro de atención; vivir con la convicción de que su existencia es única, inmortal y especial; tener una gran capacidad para buscar argumentaciones y móviles variados para justificar conductas complejas y racionalizar en exceso situaciones triviales, lo que lleva al adolescente a acomodar sus acciones a su antojo.

Durante esta etapa, el adolescente comienza a construir su propia identidad, para lo cual necesita romper con las figuras paternas. Lo hace recorriendo un camino pendular, con momentos de gran dependencia infantil en relación con los padres, que se alternan con otros de intensa rebeldía. Vive así una relación conflictiva que le va a tomar varios años resolver, y que le exigirá un alto grado de agresividad y, por lo tanto, reiterados desencuentros y conflictos, para finalmente lograr separarse y diferenciarse de sus progenitores. Los estados emocionales de rebeldía y dependencia propios de esta fase requieren de padres cercanos y contenedores, que den la cara y no eviten el conflicto, pero sin autoritarismos que quiebren la relación. Los padres “amigotes” y condescendientes son nefastos.

18 años en adelante

Una vez superado el egocentrismo y tolerada la separación respecto de sus padres, sus propios dolores y carencias vividas en este proceso, el joven llega a ser más empático y compasivo con el dolor ajeno. Ha adquirido mayor autonomía y una generosidad cada vez mayor que lo motivan a entregarse a causas solidarias. Considerando estas potencialidades, los canales que brinde la comunidad para su desarrollo son de la mayor importancia.

No toda conducta solidaria refleja solidaridad, pues muchas veces puede esconder una motivación narcisista. Ello no hace de por sí negativa una conducta. Pero la solidaridad auténtica es aquella sostenida en el tiempo, movida desde el amor, que integra un respeto profundo al prójimo e incluye el compromiso y la responsabilidad con él y su condición humana. Tal es uno de los logros más complejos del funcionamiento mental y, a la vez, una de las conductas que más recursos aportan para una vida mental sana y que mayormente dignifica la condición humana.

Una interesante reelaboración del valor se produce durante la tercera edad, cuando la solidaridad con el prójimo y la sociedad se hacen más conscientes. Este carácter más desprendido de los mayores los hace más justos y solidarios, en un sentido profundo del término. Contribuyen así a otorgar una sana identificación para los adultos jóvenes, quienes a su vez, como padres, transmiten el verdadero sentido del ser solidario. Señalo esto porque la sobrevaloración actual de lo joven – típico rasgo narcisista de nuestra sociedad, que tiende a desvalorizar la experiencia y los logros propios de la madurez- monopoliza el acto solidario como una cuestión de jóvenes, y opaca el concepto en su verdadera acepción.

El gran apoyo de los jóvenes

Los actores principales en la construcción de una moral de calidad son la familia y la comunidad. La familia puede ser conyugal, matriarcal, patriarcal, de pandilla o delincuencial. La patriarcal genera una moralidad represora que más tarde genera rebeldía. La matriarcal tiende a generar una moral más carente de compromiso con la comunidad. La familia conyugal es la que más contribuye a una moral solidaria. La escuela también ocupa un rol, ya que ayuda al joven a la reflexión sobre el sentido antropológico de la preocupación cívica. La universidad, por su parte, contribuye a la formación de ideales, aportando una mirada profunda desde la cultura. El Estado, los medios de comunicación y los sistemas de policía tienen que de señalar con claridad las fronteras que no deben ser traspasadas, y las consecuencias de hacerlo. Una sanción ejemplificadora ayuda a evitar el desborde instintivo por medio del temor. Las religiones por su lado tienen el desafío de mostrar a los jóvenes en un lenguaje apasionante la sabiduría milenaria de su mensaje.

Para mayores informaciones, comentarios o detalles, escriba a info@carlosaedo.org

Written by caedof

February 13, 2009 at 3:20 am

Posted in Artículos

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