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Segundo Domingo de Pascua: Testigos Poderosos

Este es un comentario a los textos de la eucaristía del Segundo Domingo de Pascua.  Está tomado del Libro de Reflexión para Pequeñas Comunidades Cristianas de la Arquidiócesis de Hartford (Quest en Español).  Para más información respecto a este recurso, puede visitar su sitio en internet.

¡Y era verdad!  ¡Todo lo que había prometido Jesús era verdad!  Tratemos de imaginar la alegría y entusiasmo de los primeros creyentes al reunirse y contar y recontar la historia de cómo habían visto y experimentado al Señor resucitado en medio de ellos.  ¡Qué tremenda noticia que Jesús estaba entre ellos, que su Espíritu se quedaría con ellos y en ellos, y que su promesa de paz, perdón y vida eterna eran verdaderas! ¡Aleluya!

Lucas nos cuenta: “Con grandes muestras de poder, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús.”  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo.  Pero, ¿qué necesitamos para dar un testimonio que sea poderoso?

La historia de increencia y duda de Tomás muestra que llegar a tener fe no es fácil y a veces es un proceso muy solitario.  Tomás estaba fuera de donde se reunían los discípulos cuando Jesús se apareció por primera vez.  Nosotros también podemos “estar fuera” cuando decidimos apartarnos de nuestra comunidad de fe, o cuando dejamos que las distracciones nos alejen de la presencia de Dios.  Lo que es importante es que Tomás estaba presente en el lugar de reunión de los apóstoles cuando Jesús se apareció por segunda vez, y también es claro que sus dificultades para creer lo llevaron a tener una fe mucho más profunda.  Por eso proclama: ¡Señor mío y Díos mío!

Cuando nos reunimos cada domingo a escuchar la Palabra, a celebrar la Eucaristía, y a rememorar la vida, muerte y resurrección de Jesús, somos alimentados para salir en misión y continuar dando testimonio de las buenas noticias.  Nosotros no hemos visto al Señor resucitado con nuestros propios ojos, pero nos hemos encontrado con Él en nuestras comunidades de fe.  En comunidad cuidamos del pobre y del enfermo. En comunidad los amigos se defienden los unos a los otros cuando se encuentran en peligro o son víctimas de crueldad.  En comunidad nos perdonamos los unos a los otros, compartimos nuestra historia de cercanía a Dios, trabajamos por la justicia y la paz, aprendemos y enseñamos, rezamos y jugamos juntos, celebramos la vida y la muerte.  En todos estos casos, cuando nos amamos los unos a los otros tal como Jesús nos enseñó, damos un poderoso testimonio de la presencia del Señor resucitado en medio de nosotros.

Uno de los testimonios más poderosos de nuestra fe sucede en el ministerio de visita a los enfermos y en los hospitales.  Cuando nuestros hermanos y hermanas que están enfermos piden recibir la Eucaristía, su hambre de la presencia de Dios, su oración compartida y su paz al recibir la comunión es evidencia de una tremenda fe y un regalo para quienes los sirven en el ministerio.

El autor del famoso dicho “no importa cuán larga la noche, el día va a llegar” seguramente debió haber sabido cómo afrontar el cambio y el futuro incierto con  la esperanza que viene de creer que hay luz al otro lado, y que hay vida después de la muerte.  Los cristianos compartimos esta creencia.

La fe, la fe que se vive, la fe que algunas veces se nos hace difícil, cuando es compartida en comunidad, tiene un poder que va más allá de lo que conocemos.

Si tiene preguntas o comentarios, envíelos a info@carlosaedo.org

Written by caedof

April 17, 2009 at 12:58 am

Posted in Recursos, Reflexiones

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