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Cuarto Domingo de Pascua: Nuestra Identidad

Este es un comentario a los textos de la eucaristía del Cuarto Domingo de Pascua.  Está tomado del Libro de Reflexión para Pequeñas Comunidades Cristianas de la Arquidiócesis de Hartford (Quest en Español).  Para más información respecto a este recurso, puede visitar su sitio en internet.

Cuando cruzamos la frontera y pasamos a otro país generalmente se nos pide mostrar alguna prueba de nuestra identidad por motivos de seguridad.  Si nos ponemos a pensar un poco, podemos darnos cuenta que nuestra identidad es más que nuestro nombre y apellido.  Nuestra identidad significa e implica mucho más que eso.  El lenguaje tiene un poder inmenso, sobre todo cuando se refiere a nombres.

El nombre de Dios escrito en hebreo antiguo YHWH nunca fue pronunciado por judíos observantes en la antigüedad.  El nombre de Dios era demasiado santo para ser pronunciado por los labios de un judío respetuoso de la ley y la tradición.  En agosto de 2008, en un artículo del periódico escrito en inglés The Catholic Miscellany, se anunció que la Congregación para el Culto Divino de el Vaticano determinó que la palabra “Yahvé” ya no podía ser usada en canciones u oraciones litúrgicas por respeto a la sensibilidad de los judíos respecto al tema.  Con esto se trataba de seguir la tradición de no traducir o pronunciar YHWH en un contexto cristiano .

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro le dice firmemente al Sanedrín que el hombre enfermo fue sanado en el nombre de Jesucristo, a quien Dios los resucitó de entre los muertos.  Ningún otro nombre –emperador, rey o sumo sacerdote- puede llevar a cabo la salvación… ¡ningún otro!  ¡Hay un gran poder en ese nombre!

Juan, en su primera carta, trata de lidiar con ciertos problemas dentro de la comunidad cristiana respecto a la identidad de Jesús –alguien completamente Dios y completamente hombre.  Juan afirma que los cristianos son hijos de Dios y que sólo Jesús es el Hijo de Dios.  Neal Flanagan señala lo siguiente: “Las imágenes del versículo 2 son fascinantes.  Mirando a Dios así como mirando un espejo, vemos nuestro propio rostro, pero con la configuración divina.  Como hijos de Dios, tenemos un parecido muy grande con Él. ”  Juan no está diciendo únicamente quién es Jesús, sino también quiénes somos nosotros.

En el Evangelio, Jesús se da a sí mismo un nombre, el buen pastor.  Un buen pastor es aquel que es capaz de dar su vida por sus ovejas, su primera prioridad, su rebaño –ese que él conoce y que conoce a su pastor muy bien.  Este pastor tiene el poder de volverse completamente indefenso en una decisión cien por ciento libre, y luego, por el poder del Espíritu Santo, ser resucitado de entre los muertos por el Padre Dios.  Jesús cruzó la frontera de la vida a la muerte y luego de la muerte a la vida.  Es un gran testimonio de su identidad y de su poder para proteger a su rebaño.

A la luz de estas lecturas, podemos reflexionar en torno a nuestra identidad…  Somos los hijos de Dios, los seguidores de Jesús el Salvador, el buen pastor.  Por el Espíritu Santo tenemos el poder de poder vivir  lo que somos como miembros del rebaño de Jesucristo.  Nuestra identidad viene también con una misión.  Hacemos oración en el nombre de Jesús por sanación.  Nos cuidamos los unos a los otros y a las otras ovejas que Jesús quiere incluir en su rebaño.  En el nombre de Jesús, sacrificamos nuestra vida y sabemos por cierto que el Espíritu Santo nos resucitará.  Y también sabemos que hay futuro… “aún no se ha manifestado cómo seremos al fin.  Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.”

Si tiene preguntas o comentarios, envíelos a info@carlosaedo.org

Written by caedof

May 3, 2009 at 12:12 am

Posted in Reflexiones

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